Hay fenómenos institucionales inquietantes. Uno de ellos acaba de acontecer en los Tribunales. Es una jubilación. Cumplió 72 años, con lo cual su cese en la actividad no sorprende, salvo por un detalle: no es una persona. El que pasa a retiro, literalmente, es un lugar.
El casillero de notificaciones dejó de cumplir funciones el viernes pasado. Ese fue el último día para que los profesionales del derecho pasen a buscar las cédulas que pudieran haber quedado, ninguna de las cuales era nueva. Cuando llegaron la covid-19 y la cuarentena, a mediados de marzo, cesaron las comunicaciones en papel y la digitalización se consumó. El hecho, sin embargo, no fue vivido en los tribunales como el vencimiento de un plazo más. Por el contrario, movilizó emocionalmente a empleados judiciales y a magistrados.
No es una sensación, por cierto. El personal de esa sección (en algunas oportunidades, el lugar donde comenzaba la carrera judicial; en otras, donde terminaba) trazó una semblanza de significaciones.
El subsuelo, donde se encontraba el casillero, era el lugar de la cita obligada de los abogados cada lunes, miércoles y viernes. Allí se reunían ansiedades y sorpresas, alegrías y decepciones, a la vuelta de las cédulas que comunicaban el “Hacer lugar”, el “Desestimar” o el “Sobreseer”. Nunca faltaba alguien que había olvidado su llave y pedía la asistencia de los empleados. Y los rostros siempre trasuntaban un gesto de felicidad... o de pavor.
Pero las miradas de los letrados también trasuntaban mensajes para los trabajadores. “En horas de la mañana pensabas ‘no hacen nada’. Luego, llegando el mediodía, ‘cuánto trabajan y cuánto se estresan por el tiempo’. Así fuiste comprendiendo que el trabajo aquí es ingrato”, expresa el texto que, prolijamente encuadrado, es el regalo de los empleados judiciales para los vocales de la Corte Suprema de Justicia de la provincia,
“Hoy, el avance de la tecnología va dejando atrás toda ilusión. Todo ímprobo trabajo que miles de personas, aún del poder, no llegaron a conocer, ni entender. 10.000 cédulas y más por firmar; 10.000 cédulas y más por trabajar... en una semana. Ya todo será historia, pero quedará grabado en nuestra memoria y de quienes pasaron por casillero, que fue nuestra labor final en la que un magistrado llevaba al triunfo o la derrota a un proceso judicial. Aceptando el avance de informática y adaptándonos a los tiempos reales, con los brazos extendidos presagiamos el éxito y damos la bienvenida al Casillero Digital”, concluye el escrito.
“Leyendo el mensaje de quienes trabajan en esa oficina, recordé los años cuando comencé a ejercer, que fueron sólo seis, porque luego ingresé al Poder Judicial. Era un subsuelo que, a la vez que oscuro físicamente, siempre estaba alumbrando con noticias, con información valiosísima para el ejercicio de la profesión. En aquellos tiempos, el número del casillero era, a los efectos prácticos, tan importante como el de la Matrícula Profesional. La mía, lo recuerdo 29 años después, era 2.391. Y mi casillero era el 595”, evocó, emocionada, la titular de la Corte, Claudia Sbdar.
Sbdar rescato la apuesta por el futuro y la readecuación laboral del personal. Eso, justamente, destacó su par, Daniel Leiva.
“Me emocionó el sentimiento frente a la transformación que expresa este grupo de empleados judiciales, muchos de edad avanzada. Y el optimismo y la visión con la cual ellos enfrentan este gran cambio”, aseveró el magistrado.